Análisis económico y social sobre el futuro del trabajo en la era de la Inteligencia Artificial
La inteligencia artificial no destruirá los empleos, sino que redefinirá la escasez económica. Según el economista Alex Imas, el valor se trasladará hacia lo humano, donde la presencia y autenticidad serán los nuevos bienes escasos en una economía post-mercancía.
- ✅ El sector relacional ganará protagonismo: La IA automatizará tareas, pero el valor se centrará en lo humano, como la autenticidad, el contacto personal y la exclusividad.
- ✅ Starbucks como caso de estudio: La empresa revirtió su estrategia de automatización al descubrir que los clientes valoran detalles como notas escritas a mano y hospitalidad.
- ✅ La escasez muta, no desaparece: La abundancia material generada por la IA trasladará la escasez hacia bienes y servicios donde el componente humano es inseparable del producto.
- ✅ Crítica al relato dominante: Economistas como David Autor y Neil Thompson cuestionan que la IA elimine empleos; en cambio, reconfigurará el valor de la experiencia humana.
- ✅ Economía post-mercancía: Imas propone que, en economías ricas, el gasto se orientará hacia bienes donde el valor depende de quien los produce, no de su estandarización.
- ✅ Desafíos globales: Mientras los países desarrollados podrían adaptarse, las economías en desarrollo enfrentan un panorama más complejo y potencialmente riesgoso.

Brazo robótico con Arduino de cinco grados de libertad (2021).
Foto: Nicolò Bertuccioli · Fuente: Wikimedia Commons · Licencia: Creative Commons Atribución–Compartir Igual 4.0 · Uso editorial
El avance de la inteligencia artificial (IA) ha desatado un debate global sobre el futuro del trabajo. Durante años, el relato dominante advirtió que la automatización destruiría empleos, reemplazando a los humanos con máquinas capaces de realizar tareas repetitivas, analíticas e incluso creativas. Sin embargo, un ensayo reciente del economista conductual Alex Imas desafía esta visión y propone una hipótesis radical: la IA no eliminará el empleo, sino que **trasladará la escasez económica hacia un nuevo tipo de bienes**, aquellos cuyo valor es inseparable de quien los produce. En su texto titulado What will be scarce? (“¿Qué será escaso?”), publicado en su Substack, Imas combina teoría económica, filosofía y datos de mercado para argumentar que la automatización reconfigurará la economía en torno al sector relacional, donde lo humano constituye el núcleo de valor.
La escasez en la era de la abundancia tecnológica
La premisa central de Imas es que la escasez no desaparece, sino que muta. Si la IA y la automatización generan abundancia material —productos y servicios a costos marginales ínfimos—, lo que se volverá escaso no será el bien en sí, sino el componente humano detrás de él. Este argumento desafía la lógica tradicional de la economía, donde la escasez se asocia a recursos limitados como el petróleo o el agua. En cambio, Imas sugiere que, en un mundo de abundancia material, la escasez se desplazará hacia experiencias, relaciones y bienes que solo pueden existir gracias a la interacción humana.
Para ilustrar esta idea, Imas recurre a un ejemplo concreto: el caso de Starbucks. La cadena de cafeterías, con una capitalización de mercado de 112.000 millones de dólares, vendía uno de los productos más estandarizados del mundo: el café. Durante años, la empresa invirtió en automatización para reemplazar a sus empleados en tareas como la preparación de bebidas y la atención al cliente. Sin embargo, el resultado fue inesperado. Los clientes no solo buscaban café; valoraban detalles como las notas escritas a mano en los vasos, las tazas de cerámica, los asientos cómodos y la hospitalidad del personal. Ante esto, el CEO Brian Niccol revirtió la estrategia: más baristas por local, menos máquinas. Starbucks descubrió que, en un producto masivo, el valor no estaba en la eficiencia, sino en la experiencia humana.
Este caso refleja una paradoja clave: incluso en industrias altamente automatizables, la presencia humana puede ser un factor de diferenciación y valor agregado. No se trata de negar los beneficios de la IA, sino de reconocer que su impacto no será uniforme. Mientras algunas tareas desaparecerán, otras —aquellas donde la autenticidad, la creatividad o el contacto interpersonal son esenciales— ganarán relevancia.
De la ‘forma mercancía’ a la economía post-mercancía
Para entender el argumento de Imas, es necesario remontarse a la crítica de Karl Marx sobre la forma mercancía. Según el filósofo alemán, la industrialización separó al trabajador de su producto: el tejedor que hacía una camisa dejó de ser dueño de su creación, y su labor se convirtió en un factor de producción abstracto, intercambiable y despersonalizado. Este proceso, aunque generó prosperidad masiva, alienó al trabajador de su obra y, eventualmente, lo hizo prescindible en muchas cadenas productivas.
Imas retoma esta idea para argumentar que la IA está llevando este proceso un paso más allá. Si la industrialización despersonalizó la producción, la automatización podría despersonalizarla por completo, reduciendo el trabajo humano a un mero costo a eliminar. Sin embargo, el autor propone que, en las economías avanzadas, surgirá un contrapeso: la economía post-mercancía, donde el valor no provendrá de la eficiencia o la estandarización, sino de lo que Marx habría llamado lo humano reprimido en la forma mercancía.
En esta nueva economía, bienes y servicios como el arte, la educación personalizada, los servicios de salud emocional o incluso el café de Starbucks no se venderán por su utilidad intrínseca, sino por su origen humano. La autenticidad, la exclusividad y la conexión interpersonal se volverán atributos escasos y, por lo tanto, valiosos. Este fenómeno ya se observa en mercados como el de los productos artesanales, donde los consumidores pagan primas significativas por objetos hechos a mano, o en la industria del lujo, donde la historia detrás de un producto justifica su precio.
El debate académico: ¿Automatización o reconfiguración del valor?
El ensayo de Imas no es el único que cuestiona el relato catastrofista sobre la IA y el empleo. Economistas como David Autor y Neil Thompson, en su artículo Polanyi’s Paradox and the Shape of Employment Growth, argumentan que la automatización no eliminará empleos, sino que reconfigurará el valor de la experiencia humana. Su marco conceptual distingue entre tareas expertas e inexpertas dentro de cada ocupación. Cuando la automatización elimina las tareas más simples —como hizo el software contable con los tenedores de libros—, el trabajo restante se vuelve más especializado, los salarios suben y menos trabajadores califican. En cambio, cuando elimina tareas complejas —como los sistemas de gestión de inventario en almacenes—, el empleo se expande, pero los salarios caen.
Autor y Thompson también exploran un escenario más sombrío: que la IA avance hasta el punto en que la experiencia humana pierda por completo su valor económico. En ese caso, surgiría lo que el economista Herbert Simon llamó abundancia intolerable: un mundo donde la producción masiva de bienes saturarían la demanda, pero no habría un mecanismo claro para distribuir la riqueza o mantener la cohesión social. Este escenario plantea un desafío no solo económico, sino también político: ¿cómo organizar una sociedad donde el mercado de trabajo ya no cumpla su rol tradicional de distribuir ingresos y estatus?
Imas, sin embargo, adopta una postura más optimista. Su hipótesis postula que, incluso en un mundo donde la IA pueda replicar tareas humanas, la demanda de bienes relacionales persistirá. Esto se debe a rasgos profundos de las preferencias humanas. A medida que las sociedades se enriquecen, los consumidores no solo buscan más bienes materiales, sino también experiencias que no pueden ser estandarizadas. El filósofo francés René Girard, cuya teoría del deseo mimético Imas utiliza para fundamentar su argumento, señala que los seres humanos desean lo que otros desean. En una economía de abundancia, este impulso se intensifica: queremos bienes exclusivos, con historia, hechos por personas específicas, porque así nos diferenciamos y nos conectamos con comunidades de valor.
El sector relacional: ¿Un refugio para el empleo humano?
Si la hipótesis de Imas es correcta, la IA no solo automatizará la economía de las mercancías, sino que también desencadenará el surgimiento de una economía post-mercancía. En esta nueva fase, los sectores automatizados se contraerán como proporción del PIB, mientras que los sectores relacionales —aquellos intensivos en trabajo humano— crecerán. Ejemplos de este sector incluyen:
- Servicios de salud emocional: Terapias personalizadas, coaching y acompañamiento en duelos o crisis existenciales, donde la empatía y la conexión humana son irreemplazables.
- Educación experiencial: Cursos, talleres y mentorías donde el valor reside en la transmisión de conocimientos por parte de figuras inspiradoras, no en la información estandarizada.
- Arte y cultura: Obras de arte, música en vivo, literatura y performances donde la autenticidad y la voz única del creador son centrales.
- Hostelería y gastronomía de alto nivel: Restaurantes con chefs reconocidos, cafeterías temáticas o experiencias de viaje donde el trato personalizado marca la diferencia.
- Servicios profesionales personalizados: Abogados, arquitectos o consultores que ofrecen soluciones adaptadas a contextos específicos, no procesos automatizados.
Este modelo, sin embargo, tiene límites. Imas reconoce que no predice un aumento en la participación del trabajo en el ingreso total, sino una reasignación sectorial. En las economías ricas, donde el ingreso per cápita es alto, los consumidores pueden permitirse pagar por estos bienes relacionales. Pero en el mundo en desarrollo, donde muchas economías se construyeron en torno a la producción de mercancías para países ricos, el panorama es más complejo. Imas advierte que, para estos países, la transición podría ser más complicada y potencialmente más preocupante, ya que dependen de sectores automatizables para competir en el mercado global.
Otro desafío es que el sector relacional no está exento de riesgos. La exclusividad y la autenticidad pueden ser manipuladas: ¿cómo distinguir entre un producto genuinamente humano y uno que simplemente se vende como tal? Además, la demanda de estos bienes podría concentrarse en élites, exacerbando desigualdades. Imas no aborda estos problemas en profundidad, pero sugiere que, incluso con estos riesgos, el valor de lo humano en la economía no desaparecerá por completo.
Proyecciones a futuro: ¿Hacia dónde vamos?
El modelo de Imas se basa en un supuesto ambicioso: que la automatización pueda replicar por completo la producción humana. Aunque esta premisa es debatible, su argumento central —que la escasez se trasladará hacia lo humano— ofrece un marco útil para pensar el futuro del trabajo. Si las tendencias actuales se mantienen, podríamos estar entrando en una era donde:
- Los empleos en sectores automatizables disminuirán: Tareas repetitivas, administrativas o analíticas serán realizadas por IA y robots, reduciendo la demanda de mano de obra en estos campos.
- Los empleos en sectores relacionales crecerán: Profesiones que requieren empatía, creatividad o habilidades interpersonales ganarán relevancia. Esto incluye no solo trabajos tradicionales como la enseñanza o la enfermería, sino también nuevas ocupaciones como diseñadores de experiencias, facilitadores de comunidades o terapeutas digitales.
- La educación y la formación se adaptarán: Los sistemas educativos deberán priorizar habilidades como el pensamiento crítico, la inteligencia emocional y la adaptabilidad, en lugar de conocimientos técnicos estandarizados.
- La política económica deberá repensarse: Gobiernos y empresas deberán diseñar mecanismos para garantizar que los beneficios de la abundancia material se redistribuyan hacia el sector relacional, evitando que la desigualdad se profundice.
- La cultura y los valores cambiarán: La sociedad podría valorar más la autenticidad, el tiempo y las relaciones que los bienes materiales, redefiniendo conceptos como el éxito y la prosperidad.
Sin embargo, Imas también advierte que su hipótesis no es una garantía. El futuro dependerá de cómo se desarrolle la tecnología, de las políticas públicas que se implementen y de cómo evolucionen las preferencias humanas. Si la IA avanza lo suficiente como para replicar no solo tareas, sino también emociones y relaciones, el sector relacional podría verse amenazado. Pero, por ahora, la evidencia sugiere que, al menos en el corto y mediano plazo, la demanda de lo humano persistirá.
El caso de Starbucks es emblemático: incluso en una industria donde la automatización es técnicamente viable, los consumidores siguen valorando la intervención humana. Esto no es un capricho, sino una necesidad emocional. En un mundo cada vez más digitalizado, la autenticidad se vuelve un lujo, y la conexión humana, un bien escaso.
Un llamado a repensar el futuro económico
El ensayo de Alex Imas no solo desafía el relato dominante sobre la IA y el empleo, sino que también invita a reflexionar sobre qué tipo de economía queremos construir. Si la automatización nos libera de tareas tediosas y repetitivas, ¿cómo podemos garantizar que esa libertad se traduzca en una mayor calidad de vida, y no en una mayor desigualdad? La respuesta, según Imas, podría estar en reconocer que el valor no reside solo en lo que producimos, sino en quiénes somos y cómo nos relacionamos.
Este cambio de paradigma requiere una transformación profunda en cómo entendemos el trabajo, la educación y el consumo. Las políticas públicas deberán fomentar la creación de empleos en sectores relacionales, garantizar salarios dignos en estos campos y promover una cultura que valore la autenticidad sobre la eficiencia. Las empresas, por su parte, deberán repensar sus modelos de negocio para integrar lo humano como un activo, no como un costo. Y los individuos deberán adaptarse, desarrollando habilidades que las máquinas no puedan replicar: la creatividad, la empatía y la capacidad de conectar con otros.
En última instancia, el desafío no es evitar la automatización, sino orientarla hacia un futuro donde lo humano siga siendo el centro de la economía. Como señala Imas, la escasez no desaparecerá; se transformará. Y en esa transformación, podría estar la clave para construir una sociedad más equilibrada, donde la tecnología no nos aleje de lo que realmente importa: nuestras relaciones, nuestras emociones y nuestra capacidad de crear significado.
La era de la inteligencia artificial no será el fin del trabajo humano, sino su reinvención. Lejos de destruir empleos, la automatización podría redefinir la escasez, trasladando el valor hacia lo auténticamente humano: la creatividad, la empatía y la conexión interpersonal. El desafío no es resistirse al cambio, sino construir una economía donde la tecnología no elimine lo que nos hace humanos, sino que lo potencie. El futuro no será de las máquinas, sino de quienes sepan integrar su genio con el nuestro.