Frente a los combustibles fósiles, las energías renovables se encuentran en un momento de apogeo. La solar o la eólica son las dos principales fuentes de energía que no produce gases de efecto invernadero, pero no las únicas. En los últimos años se ha hecho también especial énfasis en la tecnología alrededor del hidrógeno, el elemento más abundante del universo, constituyendo aproximadamente el 75 % de la masa visible.

Muchos apuestan por que este elemento ejerza un papel clave y pueda producirse y utilizarse a gran escala en el transporte y en las industrias pesadas, proporcionando una alternativa limpia a los combustibles fósiles. Sin embargo, estas esperanzas puestas en el hidrógeno se han diluido después de un informe publicado en la revista Nature.

En él se explica que el aumento de las emisiones globales de hidrógeno en las últimas tres décadas ha contribuido de forma significativa al agravamiento del cambio climático y ha amplificado el impacto del metano, uno de los gases de efecto invernadero más potentes.

Las emisiones de hidrógeno aumentaron entre 1990 y 2020, contribuyendo con una fracción de grado (o 0,02 °C) al aumento de casi 1,5 °C en las temperaturas promedio desde el período preindustrial, encontró la investigación.

Aunque el hidrógeno por sí mismo no retiene el calor en la atmósfera, través de sus interacciones con otros gases, sí que la calienta indirectamente aproximadamente 11 veces más rápido que el CO2 durante los primeros 100 años tras su liberación, y alrededor de 37 veces más rápido durante los primeros 20 años.

Uno de los autores del estudio, Rob Jackson, investigador de la Universidad de Stanford, explica que el hidrógeno es extremadamente difícil de controlar. «Es la molécula más pequeña que existe y se escapa con facilidad de tuberías, plantas de producción y sistemas de almacenamiento», señala. Esa capacidad para filtrarse sin ser detectado lo convierte en un actor silencioso.

El principal problema del hidrógeno es que interfiere en los mecanismos naturales que ayudan a limpiar la atmósfera. Normalmente, ciertos compuestos actúan como «detergentes» que destruyen el metano, uno de los gases más potentes en la retención de calor. El hidrógeno reduce la eficacia de ese sistema de limpieza, permitiendo que el metano permanezca más tiempo en el aire y refuerce su efecto sobre el clima.

Además, estas reacciones químicas favorecen la formación de otros gases de efecto invernadero, como el ozono, y aumentan la presencia de vapor de agua en las capas altas de la atmósfera, lo que también influye en la formación de nubes y en el balance térmico del planeta.

Los datos recopilados por el equipo científico muestran que la concentración de hidrógeno en la atmósfera aumentó alrededor de un 70 % desde la era preindustrial hasta comienzos de este siglo. Tras un breve periodo de estabilización, las cifras volvieron a crecer a partir de 2010, impulsadas principalmente por la actividad humana.

Un círculo vicioso

Buena parte de ese aumento está relacionado con el propio metano. Cuando este gas se descompone en la atmósfera, genera hidrógeno, creando un círculo vicioso: más metano produce más hidrógeno, y más hidrógeno prolonga la vida del metano. «La oxidación del metano es el principal factor del aumento del hidrógeno», subraya Jackson, quien insiste en que reducir las fugas y las emisiones de metano es la forma más eficaz de frenar este proceso.

Desde 1990, las emisiones anuales de metano han crecido de forma constante hasta alcanzar unos 27 millones de toneladas en 2020. A esto se suman otras fuentes humanas de hidrógeno, como las fugas en la producción industrial de este gas o ciertos procesos agrícolas relacionados con la fertilización de cultivos.

Las fuentes naturales, como los incendios forestales, presentan variaciones anuales, pero no muestran una tendencia clara a largo plazo. Aun así, el impacto acumulado del hidrógeno ya es medible. Según el estudio, su contribución al calentamiento global ronda las dos centésimas de grado, una cifra aparentemente pequeña, pero comparable al efecto total de las emisiones históricas de un país industrializado como Francia.

Un recordatorio más de que, en la lucha por disminuir esas emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, también cuentan los aquellos que no siempre están en el centro del debate.